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El Arquitecto de la Tormenta

En el pueblo de Aguas Profundas, la lluvia no caía, se desplomaba. El viejo lago, que durante años había sido un espejo de plata, se había convertido en un monstruo de lodo que engullía las calles. La casa de los abuelos, una estructura de madera cansada que olía a café y a recuerdos, crujía bajo el asedio del agua. A su alrededor, el desastre: los muros de contención habían cedido y el agua traía consigo a los guardianes del pantano. Decenas de cocodrilos, con ojos como brasas frías, patrullaban el jardín inundado, esperando cualquier movimiento. Dentro de la casa, el miedo era un visitante pesado. Estaban los abuelos, cuyas manos temblaban no por el frío, sino por la fragilidad de sus huesos; la madre, que miraba hacia el horizonte buscando la silueta de un esposo enviado a una guerra lejana; y la pequeña niña, cuya única defensa era abrazar sus rodillas. Pero en una esquina, observando el nivel del agua que ya besaba el primer escalón, estaba Julián. Tenía solo ocho años, pero su me...

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