Mi lunes, mi real batalla

Un día mi mami se dio cuenta de que me costaba mucho bañarme en las mañanas, y la verdad era que el agua estaba fría, fría de verdad. Para mí, esa agua era como un monstruo mañanero que siempre aparecía los lunes.

—¿Pero qué te pasa, José? —me preguntó bien curiosa.





Yo le dije que no entendía por qué el agua se ponía tan fría cada mañana, y más todavía los lunes. El domingo en la noche se me complicaba dormir solo pensando en que el lunes ya venía en camino, con su uniforme, su mochila… y su ducha fría.

Mami se rió un poquito y me dijo:

—Pero no, José, eso no es nada. A veces es bueno recibir ese chin de agua fría, porque nos activa, nos despierta y nos avisa que estamos bien vivos.

Entonces me contó una historia de cuando ella era niña. Una vez, mi abuelo la metió directo a la ducha porque a ella también le pasaba lo mismo que a mí. No quería bañarse, se quejaba mucho y buscaba excusas.

—Aprendí a la mala, pero nunca olvidé ese día. Creo que era un martes —me dijo sonriendo.

Yo me quedé pensando. Tal vez los lunes no eran tan malos, tal vez solo eran pruebas disfrazadas. Esa mañana respiré profundo, cerré los ojos… y entré a la ducha. El agua estaba fría, sí, pero solo al principio. Después sentí que mi cuerpo despertaba, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mí.

Cuando salí del baño, me sentía diferente. Más despierto, más valiente. Me puse el uniforme rápido, desayuné sin quejarme, hasta caminé al colegio con una sonrisa pequeña, pero real.

Ese día entendí que mi verdadera batalla no era el lunes ni el agua fría… era vencer mis ganas de rendirme antes de intentar.

Desde entonces, cada lunes recuerdo algo importante: si puedo con la ducha fría, puedo con cualquier cosa que venga después.

Moraleja:

A veces lo que más evitamos es lo que más nos ayuda a crecer. Enfrentar pequeños miedos cada día nos hace más fuertes para los retos grandes de la vida.


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