En el país de Villachiquita, el presidente Don Juan era un hombre muy importante, pero también muy, muy bajito. Siempre llevaba un sombrero de copa alta para parecer más alto y un traje elegante lleno de medallas.
Pero el verdadero orgullo del presidente no eran sus medallas, sino su perro: **Roco**.
Roco era un perro San Bernardo. Era tan grande y peludo que parecía una nube tostada con patas. Además, Roco tenía un superpoder: **era el perro más obediente del mundo**.
Si Don Juan decía *"¡Sienta!"*, Roco se sentaba tan rápido que hacía temblar el suelo: *¡PUM!*
Si Don Juan decía *"¡Junto!"*, Roco caminaba pegadito a él sin separarse ni un milímetro.
Pero su orden favorita era *"¡Estatua!"*. Cuando el presidente decía esa palabra, Roco se quedaba completamente quieto, como si fuera de piedra. Ni siquiera parpadeaba.
Un soleado martes, llegó el día más importante del año: la inauguración del Gran Reloj de la Torre Alta. Todo el pueblo estaba reunido abajo, mirando hacia el balcón más alto del palacio, donde estaban el presidente y Roco.
Como hacía mucho viento allá arriba, Don Juan había atado la correa azul de Roco a su propio cinturón para tener las dos manos libres y poder leer su discurso.
—Roco, muchacho —dijo el presidente, acomodándose las gafas—. Necesito que te portes perfecto. **¡Estatua!**
Roco cerró la boca, plantó sus cuatro patotas gigantes en el suelo de mármol y se quedó tieso. ¡Ni un pelo se le movía!
Don Juan se acercó al borde del balcón, desenrolló su pergamino y empezó a hablar:
—¡Ciudadanos de Villachiquita! Hoy les entrego este hermoso rel...
Pero antes de que pudiera terminar la palabra, una ráfaga de viento traviesa y fortísima sopló de repente. *¡Fuuuuuuuush!* El viento le arrancó el sombrero de copa al presidente.
Don Juan, sin pensarlo, dio un salto para atrapar su sombrero, pero calculó mal y... **¡ZAZ!** ¡Resbaló por el borde del balcón!
El pueblo entero soltó un grito de terror: —¡¡Aaaaaaah!!
El presidente quedó colgando en el aire, muy por encima del suelo. Lo único que evitaba que cayera era la correa azul que estaba atada a su cinturón... y al collar del gran Roco.
Cualquier otro perro se habría asustado. Para colmo de males, justo en ese momento, el gato del cocinero real pasó corriendo por el balcón persiguiendo una deliciosa y olorosa salchicha. ¡El manjar favorito de Roco!
El instinto de perro le decía a Roco: *"¡Corre tras el gato! ¡Atrapa la salchicha! ¡Ponte a dar vueltas!"*.
Pero Roco era un perro bueno. Un perro obediente. Y en su gran cabeza peluda solo resonaba la última orden de su humano: **¡ESTATUA!**
Así que Roco no movió ni un solo músculo. Se quedó anclado al piso de mármol como una montaña pesada y firme. El peso del perro gigante sostuvo perfectamente al pequeño presidente, que colgaba al otro lado de la correa, balanceándose como un péndulo.
—¡Buen chico, Roco! ¡No te muevas! —gritaba Don Juan, sudando frío.
En cuestión de segundos, los guardias del palacio llegaron corriendo y tiraron de la correa, subiendo al presidente de vuelta al balcón, sano y salvo.
La multitud allá abajo estalló en aplausos: —¡¡Bravísimo!! ¡¡Viva el perro salvador!!
El presidente, todavía temblando, se desató la correa y abrazó la enorme cabeza de su perro.
—¡Roco, ya puedes moverte! —le dijo, dándole un beso en el hocico húmedo.
Roco movió la cola feliz, soltando un ladrido alegre: —**¡GUAU!**
Esa misma tarde, el presidente Don Juan hizo una ceremonia especial. Le quitó la medalla más grande y brillante de su propio traje y se la colgó a Roco en el collar. La medalla decía: *"Al mejor amigo, y al perro más obediente del mundo"*.
Y desde ese día, Roco no solo fue la mascota presidencial, sino que le dieron el título oficial de "Ancla Peluda de la Nación", ¡con derecho a comerse todas las salchichas que quisiera!
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